EL PECADO BAJO CADA PECADO. Pablo Thompson

Hace una semana les compartí un artículo sobre los falsos evangelios. Si notaste, nuestro problema central es sustituir a Jesús por algo más como nuestra justicia. Este articulo que anoto hoy de Pablo Thompson explica muy bien este problema que todos, tanto cristianos como no cristianos, podemos tener (Nota al final la referencia al peligro en la fe). El artículo lo tomé del estudio “Viviendo por el evangelio” de Pablo Thompson.

Todos los seres humanos sin excepción son adoradores. Todos adoran. Dentro de cada ser humano existe una fijación a algo que la persona siente como absolutamente esencial para alcanzar su felicidad, su significado y su valor. Los seres humanos fueron creados por Dios pero, al rechazar a Dios, la humanidad lo ha sustituido por algo diferente. El pecado bajo todo pecado es una adoración torcida: adorar a las cosas creadas en vez de a Dios (Romanos 1:25)

Los dos primeros mandamientos del Decálogo (Éxodo 20: 3, 4) se dirigen directamente a nuestra adoración. No debemos adorar a dioses falsos ni crear falsas imágenes de Dios. El último mandamiento es contra la codicia o el profundo deseo de algo. Codiciar es desear algo más que a Dios. Es lo mismo que decir: “tengo que poseer esto para hacer que mi vida funcione. No seré feliz a menos que tenga éxito, o dinero, o esposa, o familia, o una hermosa casa y un coche.” Codiciar es estar descontento con Dios solo y, como consecuencia, hacer que algo ocupe su lugar. Por esta razón, Pablo, en el Nuevo Testamento, equipara la codicia con la idolatría. Es interesante observar que los Diez Mandamientos comienzan y terminan con la idolatría. La idolatría es nuestro principal problema. Los Diez Mandamientos están limitados por la idolatría, lo que quiere decir que para desobedecer los mandamientos del 3º al 9º, antes hemos tenido que cometer el pecado de idolatría.

La idolatría es la razón por la que siempre hacemos algo incorrecto. Mentimos, no amamos a nuestro prójimo; robamos, engañamos porque antes nos hemos hecho adoradores de algo que no es Dios. Hay algo además de Dios que sentimos que debemos tener para ser felices y que ese algo es más importante para nosotros que Dios. La idolatría se esconde tras cada uno de los pecados.

Todos actuamos como si Dios no pudiera hacernos felices sin ese algo adicional. Así, el glotón hace un dios de una suculenta comida; el ambicioso hace un dios de sus negocios; la madre, de sus hijos. ¿Quiere esto decir que una buena comida, un negocio próspero o la maternidad son malas? Por supuesto que no. Cuando algo se transforma en objeto de adoración es cuando se tuerce y se vuelve un objeto-dios, el fin último de nuestros deseos y aspiraciones.

Por eso, los ídolos no son necesariamente cosas malas. La mayor parte de la idolatría no es patente sino que se esconde en la profundidad del mundo de nuestros deseos y activa en silencio todo lo que hacemos. Los ídolos son cosas básicas, necesarias, como el amor, las relaciones, el dinero, la salud, el éxito; lo bueno se convierte en lo mejor. Es lo que deseamos de corazón y debemos alcanzar para que nuestra vida sea feliz.

Pero los ídolos, en vez de satisfacer los deseos de nuestro corazón, son amos decepcionantes. En su exposición sobre la idolatría, en Romanos 1:26, Pablo afirma: “se envanecieron en sus corazones y su negro corazón fue entenebrecido”. Envanecimiento o futilidad aquí quiere decir frustración. Creemos que las cosas nos satisfarán, pero no es así. Los ídolos crean una desilusión, o sea, una falsa realidad. Por ejemplo, un anoréxico hace que su apariencia sea un ídolo y cree que está gordo cuando todos los demás pueden ver que se está muriendo de hambre. Una persona rica que ha hecho un ídolo de las cosas materiales nunca tiene lo suficiente y se siente pobre aunque posea más de lo que nunca podrá gastar.

Los ídolos nos decepcionan, también porque crean una adicción. Pablo dice en el mismo pasaje: “Por lo cual también Dios los entregó a las concupiscencias de sus corazones …” Esto quiere decir que lo que buscamos para encontrar la felicidad, antes o después, termina por controlarnos. Estamos “entregados a ello”, o sea, que ya no nos pertenecemos. La persona que busca el poder, está controlada por el poder. La persona que busca la aceptación, está controlada por la aceptación. No controlamos nuestros deseos; nuestros deseos nos controlan. La idolatría crea una compulsión, un sentido de control sobre nosotros y de insatisfacción. Los ídolos no nos proporcionan lo que anhelamos con tanta vehemencia, sino un sustituto barato.

Por ejemplo, todos nosotros, como cristianos, hemos tenido problemas con pecados reincidentes. o sea, un patrón de pecado en el que caemos constantemente. Puede ser el chismorreo, o la crítica o la lujuria o la mentira. Intentamos con firmeza abandonar este pecado. Leemos la Biblia y lo confesamos. Pero ese maldito pecado sigue atormentándonos. Nuestro error suele ser que no consideramos la idolatría que alimenta ese pecado.

Un esposo y padre cristiano tenía un grave problema en su vida que describía así: “Siempre estoy enfadado y no sé por qué. Me pongo a gritarle a mi familia sin ningún motivo. El detalle más insignificante me hace estallar. Estoy destruyendo a mis hijos y lo sé. He orado por esto. He llorado y me he arrepentido mil veces pero esto no parece ayudarme.”

En un caso como éste, podemos llevar a este padre frustrado a Efesios 4 y leerle el versículo 26: “… airaos, pero no pequéis.” Yo le preguntaría “”Tu enfado ¿es pecado? Y él me contestaría: “¡Seguro que sí!” Entonces le aconsejaría: “Pues no lo hagas, Pídele a Jesús que te ayude y deja de hacerlo. Cuenta hasta diez cada vez que veas que te vas a enfadar.” En este ejemplo, ¿qué estaría haciendo? Estaría girando a la izquierda. Le estaría diciendo que hiciera algo, que obedeciera para salvarse. Le estaría pidiendo que confiara en el poder de su voluntad y en algunas técnicas para dominar su cólera. O le podría invitar a tomar el camino del evangelio, el giro a la “derecha”, hacia el arrepentimiento. Pero, arrepentimiento ¿de qué? Por supuesto, de sus actos pecaminosos de ira y de los destructivos resultados para su familia. Pero además, le invitaría a considerar seriamente la idolatría que se esconde bajo esa ira. Si investigas más a fondo encontrarás que fue criado en un hogar roto. Su padre abandonó a su familia cuando él no era más que un niño. Se sentía perjudicado y denigrado.
Lo que debe saber, sin embargo, es que la razón de que esté esclavizado por la amargura no es lo que le hizo su padre. Es lo que su corazón ha hecho con lo que había perdido. Su padre le robó algo. Perdió el amor de un padre comprometido. Y lo que perdió es lo que cree que debe tener para que su vida esté completa. Esto es idolatría. Cuando se arrepiente, cree en el Evangelio y descubre la aceptación y el amor perfectos de Jesús, una curación profunda empieza a afectar su vida y sus acciones.

Tengan cuidado: la idolatría es más insidiosa cuando invade nuestra fe. No estoy hablando de imágenes en las iglesias o procesiones en fiestas religiosas; me refiero a la variedad “evangélica” vestida de Escritura y moralidad de domingo por la mañana. Podemos hacer ídolos de nuestros mejores esfuerzos y ésta es la idolatría más peligrosa. Es lo que les pasó a los gálatas. Habían sido salvados del paganismo (4:8) y de su patente adicción a la adoración idolátrica. Pero ¿a qué eran tentados? Leamos con atención el versículo 9 del capítulo 4, porque si no lo hace así, no creerá lo que estoy diciendo. ¿Qué significa: “volver a los débiles y pobres rudimentos”?

¿Por qué escribe Pablo este libro? El peligro no era que estuvieran cayendo de nuevo en el paganismo; estaban siendo esclavizados por el moralismo. Sus maestros les estaban enseñando que Jesús y Su justicia no eran suficiente. En vez de inclinarse ante imágenes, estaban a punto de caer en un vigoroso programa de obediencia completa a los detalles bíblicos como una manera de ganarse el favor de Dios. Pablo llama a esto esclavitud. No, es todavía más fuerte. Lo llama idolatría.

Esto es asombroso. Ser increíblemente moral, desarrollar un estricto código moral, vivir una moralidad transparente puede ser tan esclavizante como vivir en absoluto paganismo. Todos nosotros somos idólatras. Podemos llegar a la idolatría desde una religión pagana y desde la moralidad cristiana. Ambas son idolatría porque ambas son formas de evitar a Jesús como Señor y Salvador. Ambas son formas con las que rechazamos el Evangelio de la gracia e intentamos ganar nuestra propia salvación. Sin embargo, la auto salvación es la más peligrosa de ambas porque nos decepciona. Nos engaña haciéndonos pensar que estamos vivos cuando en realidad estamos muertos.

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