LA CURACION SUBSTANCIAL EN LA IGLESIA (2ª Parte). Francis Schaeffer
Todo grupo cristiano debe enseñar también de palabra la obligación de manifestar que Dios existe y que es un Dios personal, y luego como un cuerpo organizado debe practicar esta verdad. Esto tiene un precio, ya que deben elegirse los métodos de la iglesia cuidadosamente y en espíritu de oración, y las «consecuencias» solas no tendrán que ser el único y simple criterio. Ha de elegir en sus tareas aquellos medios que sirvan para manifestar que Dios existe.
De palabra y obra la Iglesia debe también mostrar que como un cuerpo vivo toma en serio la santidad y el amor, el amor y la comunicación. Y ¿cómo lo puede hacer, a menos que conscientemente practique la santidad y el amor, el amor y la comunicación, y ello tanto hacia los cristianos que están dentro de su grupo como hacia los otros cristianos que están fuera de su grupo?
Resumiendo, si la Iglesia u otro grupo cristiano como un cuerpo vivo no busca conscientemente liberarse de las ataduras del pecado y de las consecuencias de las ataduras, sobre la base de la obra realizada por Cristo con el poder del Espíritu, por la fe, ¿cómo podrá enseñar y manifestar todas estas cosas de alguna manera? Y si la iglesia, el grupo, la misión, o lo que fuere, no se preocupa suficientemente por actuar de esta manera como un cuerpo vivo en sus relaciones internas, como hermanos y hermanas en Cristo; y luego en sus relaciones humanas exteriores con quienes están fuera del grupo, ¿cómo podemos esperar que los individuos cristianos tomen en serio estas cosas en sus vidas personales: marido y mujer, padres e hijos, amo y empleado, y todo otro tipo de relaciones?
Así pues, los métodos de la Iglesia o del grupo cristiano son tan importantes como su mensaje. Se trata de conectar conscientemente con la realidad de lo sobrenatural. Todo lo que sea una demostración de falta de fe es un error, o puede ser incluso un pecado estructurado. Los teólogos liberales se desentienden de lo sobrenatural en su enseñanza, pero la falta de fe de los evangélicos puede desentenderse de lo sobrenatural en la práctica. Se podría decir así: Si me levantara mañana por la mañana y me encontrara con que todas las enseñanzas de la Biblia referentes a la oración y al Espíritu Santo han desaparecido (no a la manera de los liberales, por medio de una interpretación errónea, sino porque realmente han desaparecido) ¿qué diferencia habría en la práctica con lo que estamos viviendo hoy? El hecho simple y trágico es que una gran parte de la Iglesia del Señor Jesucristo, la Iglesia evangélica, no notaría la diferencia en absoluto. Actuamos como si lo sobrenatural no existiera.
Si la iglesia no manifiesta lo sobrenatural en nuestra generación, ¿quién lo hará? La obra del Señor hecha a la manera del Señor no sólo guarda relación con el mensaje sino también con el método. Debe haber algo que el mundo no puede explicar por los métodos del mundo o por la psicología aplicada. Y no estoy hablando aquí en absoluto de las manifestaciones exteriores, especiales, del Espíritu Santo, sino que estoy pensando en la promesa normal y universal hecha a la Iglesia con respecto a la obra del Espíritu.
He aquí tres promesas universales hechas a la Iglesia con relación al Espíritu Santo. La primera: «Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y [luego] me seréis testigos en Jerusalén en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra» (Hecho 1: 8). La palabra “luego” no está en griego, pero su sentido está tácito. No se supone que la Iglesia sea testimonio por sí misma, sino que la promesa universal a la Iglesia es que con la venida del Espíritu Santo tendrá fuerza.
La segunda: hay una promesa universal del fruto del Espíritu: «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu» (Gál. tas 5: 22-25). Si hemos aceptado a Cristo como Salvador, vivimos en el Espíritu, y caminamos en el Espíritu. Y estos frutos del Espíritu no son una cosa especial; son una promesa universal, hecha a la Iglesia.
Y la tercera promesa universal hace referencia al Espíritu Santo también y es que Cristo resucitado y glorificado estará con la Iglesia por la acción del mismo Espíritu Santo: «Y yo rogaré al Padre y os dará otro consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos: vendré a vosotros» (Juan 14: 16-18).
Fijaos en estas palabras «no os dejaré huérfanos: vendré a vosotros». La promesa de Cristo, crucificado, resucitado, ascendido a los ciclos y glorificado, es que él estará con su Iglesia, entre la ascensión y su segunda venida, por la obra del Espíritu Santo que mora en nuestro interior. Estas son promesas universales hechas a la Iglesia para toda nuestra etapa histórica.
Estas son las cosas que el mundo debe ver cuando mira a la iglesia, algo que no sepan posiblemente explicarse. La iglesia debe estar entregada a la realidad práctica de estas cosas y no debe conformarse con sólo declarar su conformidad a las mismas. Existe una diferencia entre los hombres incluso los convertidos, que edifican la Iglesia de Cristo y Cristo que edifica su Iglesia a través de hombres convertidos y consagrados.
No se les debe permitir que las cuestiones de organización y finanzas se entrometan en el camino de la dirección del Espíritu Santo a individuos o grupos. De nada sirve hablar de estas cosas en abstracto sin hacerlas descender al lugar de la verdad en el que se deciden las batallas. Las combinaciones financieras y de organización no deben descartar la fe o contradecir lo sobrenatural. No deben descartar la manifestación de la realidad de la existencia de Dios. A través de la historia de la Iglesia, se constata que el peligro viene siempre en tiempo de emergencia. Se origina una emergencia que nos obliga a cercenar la manifestación de la fe y a descontar la posibilidad de la guía de Dios a través de las materias financieras. Siempre parece haber una razón legítima para intentar afirmar el arca. Cuando Uza alargó la mano para asegurar el arca, pensó que tenía una buena razón para desobedecer la palabra de Dios (2 Samuel 6: 6, 7). Llegado a este punto, ya no se fió de que Dios podría afianzar el arca. ¿No se caería? ¿No se tambalearía también algo de la obra de Dios y de la gloria de Dios? Este peligro se presenta con frecuencia en emergencias financieras y de organización, cuando parece por algunos momentos que está en peligro la gloria de Dios.
Tiene que existir una realidad sobrenatural momento tras momento para el grupo así como para el individuo. Esto es lo realmente importante. En comparación con esto, todo lo demás es secundario. Tenemos una tendencia a pensar que Cristo fundó su Iglesia invisible y que a nosotros toca construir la visible. Y operamos así una dicotomía. De esta manera, nuestra construcción de la Iglesia visible se convierte más en un negocio cualquiera que utiliza medios y móviles naturales. ¿Cuántas veces nos hemos dado cuenta que al trabajar por los intereses del Señor Jesucristo empezamos los trabajos con una rápida oración y los acabamos también con otra oración rápida, cuando ya se ha ido la mitad de los asistentes? Sin embargo, durante el desarrollo de la reunión, no existe diferencia entre la manera en que manejamos los intereses del Señor y la manera en que se tratan los intereses de algunas empresas y negocios bien organizados.
En vez de esto, debiéramos estar siempre pendientes de El, esperar y pedir siempre su dirección, momento tras momento. Este es un mundo diferente. No lo haremos muy bien, seremos siempre pobres en este pobre mundo hasta que Jesús vuelva. Pero la Iglesia del Señor Jesucristo debe estar actuando momento tras momento en un plano sobrenatural. Esta es la Iglesia que vive en la fe y no en la infidelidad. Esta es la Iglesia que vive prácticamente bajo la dirección de Cristo, en vez de pensar en Cristo como si estuviera lejos y construyendo la Iglesia invisible, mientras nosotros construimos la que está a mano con nuestra propia sabiduría y poder. Esto coloca a la Iglesia en una batalla sobrenatural que llega hasta los cielos, y no simplemente en una batalla natural. Esto hace que la batalla en lugar de ser simplemente la batalla de otras organizaciones, de otros hombres, sea una batalla real de la Iglesia en la guerra total, incluyendo la guerra invisible en los dominios invisibles de la realidad. Esto hace que la Iglesia sea la Iglesia. Si falta esto, la Iglesia no está a su altura. Con el modelo objetivo de la Palabra de Dios, y la presencia interior del Espíritu Santo, en estas áreas hemos de ceder el paso a Cristo.
La oración se convierte así en algo más que en un acto religioso puramente abstracto y devoto. Es un acto en el que la Iglesia es la Iglesia y en el que Cristo está en medio de una manera especial, definida y real. Subrayemos con énfasis, una vez más, que la organización no es mala; la organización, como dice claramente la Palabra de Dios, es necesaria en un mundo caído. Pero se convierte en algo malo si se sitúa en el camino de la relación consciente de la Iglesia con Cristo. Se debe preferir, por tanto una simplicidad de organización, si bien al mismo tiempo, a todos nos resulta fácil fijar nuestros ojos en la simplicidad de la organización y olvidarnos de la razón de la simplicidad: que Cristo pueda ser verdaderamente la Cabeza de la Iglesia.
En un mundo caído, hace falta organización y hay necesidad también de dirección cristiana. Pero los jefes, como responsables del oficio, están en una relación con la Iglesia de Jesucristo, con el pueblo de Dios, como hermanos y hermanas en Cristo, así como guías. La Iglesia y sus oficiales como un todo tienen que actuar conscientemente sobre la base de que todos somos iguales, creados a imagen de Dios, igualmente pecadores redimidos por la sangre del Cordero. De esta manera, creyendo en el sacerdocio de todos los verdaderos creyentes, creyendo en la relación sobrenaturalmente restaurada entre los que son hermanos en Cristo y creyendo en la presencia interior del Espíritu Santo en cada individuo cristiano, la organización y la dirección cristiana no son la antítesis de la auténtica espiritualidad.
Con esta actitud mental en la Iglesia podemos decir también algo acerca de la actitud de lealtad. La lealtad en la Iglesia de Cristo tiene que ir aumentando su nivel. Lo contrario sería destruir la Iglesia. La primera lealtad debe ser a Dios como Dios, a un nivel personal. Esta es una lealtad personal a la persona del Dios vivo, y es esencial y primera, por encima de todas las demás lealtades. Y esto lo siento tan hondamente que colocaría la segunda lealtad a un nivel inferior: lealtad a los principios del cristianismo revelado. No se trata de que vaya a separar estos principios de la revelación cristiana del Dios personal, sino más bien se trata de que es de él de quien reciben autoridad.
La lealtad que en importancia ocupa el tercer lugar es la lealtad a las organizaciones, no porque han sido llamadas organizaciones de la iglesia y porque han tenido una continuidad histórica durante un cierto número de años, siglos o milenios, sino simplemente en la medida en que mantienen una fidelidad bíblica. Por debajo de esto, en cuarto lugar, debe estar la que se pone con frecuencia en primer lugar, la lealtad a la dirección humana. Debe situarse en su propio lugar. Invertir el orden sería totalmente destructivo. Si la lealtad a la dirección humana se convierte en algo central, nuestra tendencia será mostrar lealtad no sólo a nuestra propia organización (lo cual sería una tremenda limitación en sí mismo) sino a nuestro pequeño partido dentro de la organización. Pero; si por otro lado, mantenemos nuestros ojos leales al Dios personal, como a nuestro «primer amor», nuestra tendencia será amar, a un nivel práctico a todos los que son de Cristo.
Subrayamos una vez más que la meta a alcanzar al trabajar por la pureza de la Iglesia visible es una relación amorosa con Dios primero y luego con nuestros hermanos. No debemos olvidar que el motivo final no es algo contra lo que luchamos, sino algo en cuyo favor estamos.
Vamos a rebajar todo esto a nuestro nivel. Amar a toda la Iglesia no es simplemente amar a toda la Iglesia sin rostro, como el humanista ama al Hombre pero sin preocuparse demasiado de los individuos. Como seres finitos no podemos conocer toda la Iglesia que está sobre la tierra ahora y mucho menos toda la Iglesia que se extiende por el espacio y en el tiempo. Así, pues, ¿qué significa «amar a la Iglesia de Jesús» en la práctica? Queda muy claro en el Nuevo Testamento que los cristianos deben reunirse en congregaciones y grupos locales. En estas iglesias y grupos de la Iglesia universal queda, como si dijéramos cortada a nuestra propia medida. Nos podemos conocer el uno al otro a un nivel personal y tener un amor y comunicación interpersonal.
Dios ordena que todos nos reunamos en asamblea hasta que Jesús vuelva (Hebreos 10:25). No sólo se nos manda que nos reunamos, sino que nos ayudemos unos a otros (versículo 24). El cristianismo es algo individual, pero no sólo eso. Tiene que existir verdadera comunidad al ofrecerse mutuamente una verdadera ayuda espiritual y material. En la iglesia del Nuevo Testamento el amor y la comunidad extendían su responsabilidad bajo la dirección del Espíritu Santo a todas las necesidades de la vida, incluyendo las materiales. En la iglesia local, los cristianos de cada congregación particular están llamados a mantenerse en estrecho contacto personal. Es esto lo que queda sometido a examen no sólo de los hombres sino de Dios y de los ángeles y demonios en el mundo invisible. Muchos hijos de cristianos se han perdido porque no han visto nada de realidad en el amor y la comunicación en el cuerpo que ellos tuvieron la oportunidad de analizar, en la iglesia adaptada “a la medida de los concurrentes”.
Esto es importante para el hombre moderno que ha perdido su humanidad. El problema del hombre moderno no es llegar a las estrellas; es la pérdida de humanidad. Así pues, en esto hay algo que debe mirar el hombre moderno: la intercomunicación de verdaderos seres humanos en un grupo lo suficientemente pequeño para que ello sea prácticamente posible. Existe por supuesto un elemento de peligro en sacar a nuestra propia familia de su pequeño círculo social esterilizado. Existe el peligro de que se lance un reto a nuestra propia y algo estratificada rectitud de formas de pensamiento y de círculo social. ¿Pero qué otra cosa puede significar la comunión de los santos? No puede ser simplemente un grupo de extraños sentados bajo un mismo techo ni un sistema estrecho de pensamiento. Se produce cuando todo lo que tiene un valor real se pasa por la zaranda hasta que los valores reales sean los valores del grupo y de los que lo forman. Sólo de esta manera se podría cambiar realmente el aspecto de clase media superior que ofrecen nuestras iglesias en los «países protestantes» que tanto preocupa a los oficiales de la Iglesia y se caracteriza por tener las puertas abiertas de par en par a los intelectuales, a los que tienen trabajos sólidos y a los nuevos paganos. Existe un peligro para nuestras costumbres establecidas, pero existe al mismo tiempo una posibilidad de gloria dentro de la estructura de la Escritura y bajo la dirección del Espíritu Santo.
La iglesia o el grupo cristiano tiene que tener la verdad, pero también tiene que ser hermoso. El grupo local tiene que ser el ejemplo de lo sobrenatural, de la relación sustancialmente curada en esta vida presente entre los hombres.
Las iglesias primitivas mostraron esto a un nivel local.
Por ejemplo, en Hechos 2: 42-46 encontramos algo que da la nota: «y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones. Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón».
La designación de los diáconos en la iglesia primitiva mostraba esto también. Estos hombres servían a las mesas, en una situación local, no simplemente como una idea o principio, sino sirviendo a gente concreta en un momento de espacio y de tiempo (Hechos 6: 1-5). El problema consistía en que las viudas de habla griega iban quedando aban¬donadas en lo referente a la ayuda material, por razones del idioma; era una situación real. No era simplemente una idea; eran hombres reales que servían en mesas reales. ¡Cuántas iglesias ortodoxas locales están muertas en este aspecto, y dan una tan pequeña muestra de amor y de comunicación: mantienen la ortodoxia, pero tienen la frialdad y fealdad de la muerte! Si no hay ninguna realidad a nivel local, negamos hasta en sus mínimos detalles lo que decimos creer, porque lo que realmente negamos es que Dios sea un Dios personal. Debe darse en la situación local una mentalidad de interés por la gente como tal, y no simplemente como miembro asistentes o dadores de la iglesia. Ellos son personas y esto está relacionado con nuestra afirmación de que creemos en un universo personal porque todo tiene su origen en un Dios personal.
En la iglesia local se amplía en forma maravillosa la posibilidad de una diversidad de amor y comunicación, por sobre una simple situación de reciprocidad (como en una relación marido-mujer). En el Antiguo Testamento la vida y la cultura en su totalidad, estaban basadas sobre la relación del pueblo de Dios primero con Dios y luego entre ellos mismos. No era simplemente una vida religiosa, sino toda la cultura. Era toda una relación cultural, y aunque el Nuevo Testamento ya no ve el pueblo de Dios como un estado, todavía se da énfasis al hecho de que la cultura y el estilo de vida en su totalidad están implicados en esta diversidad vital de amor y comunicación. No tiene que haber una dicotomía platónica entre lo «espiritual» y las demás cosas de la vida. Más aun, leemos en Hechos 4:31, 32: «Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios y la multitud de los que, habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de leí que poseía, sino que tenían todas las cosas en común».
La Biblia deja claro aquí que no se trata de un comunismo basado en la ley o en la presión externa. Por el contrario, Pedro, dirigiéndose a Ananías a propósito de sus propiedades, recalcó: «Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendiéndola, ¿no estaba en tu poder?» (Hechos 5:4). Este compartir no es ley. Es verdadero amor y verdadera comunicación de todo el hombre a todo el hombre a través de toda la gama de lo que es la humanidad. Lo mismo ocurrió en otros sitios. Los cristianos gentiles le dieron dinero a Pablo para que lo llevara a los judíos. ¿Por qué? A fin de ayudar a los necesitados con las posesiones materiales. Esto está miles de veces por sobre las donaciones frías y sin vida de la mayoría de cristianos. Esto no es un acto frío e impersonal, una simple obligación, sino una manera de compartir todo mi ser con la totalidad de otra persona. La verdadera donación cristiana está en el amor y en la comunicación a través de toda la trama de la intercomunicación entre hombres completos.
Os acordaréis que vimos anteriormente que la auténtica espiritualidad tiene sentido en todas las relaciones prácticas de la vida: entre marido y mujer, entre padres e hijos, amos y empleados. Estas cosas deben enseñarse en la iglesia como un aspecto de la parte consciente en la santificación para que al ser entendidas luego se pongan en práctica por decisión personal. La atmósfera de la iglesia local o de otro grupo cristiano debe llevar a que estas cosas se desarrollen.
Ese crecimiento no será de una vez por todas, sino que, como todas las cosas en nuestra vida, será un proceso gradual. Debe haber una enseñanza momento a momento, un ejemplo constante, del significado actual de la obra de Cris¬to y una decisión consciente del individuo y del grupo de aferrarse a todas estas cosas. Debe darse una fe de momento a momento, en las promesas de Dios para tomar posesión de estas cosas en teoría primero, y luego en la práctica.
La Iglesia necesita actuar conscientemente sobre la base de la obra realizada por Cristo y no sobre la base orgullosa de cualquier valor inherente en sí mismo o de cualquier superioridad inherente supuesta o adquirida. Debe estar obrando conscientemente sobre la base de la relación sobrenaturalmente restablecida y la exhibición de la relación restaurada, y no simplemente sobre dones y talentos naturales. Y si se olvidan o se le da poca importancia a estas cosas sobre la base de las relaciones legales pasadas o presentes, el grupo entero puede contristar al Espíritu Santo de la misma manera que puede hacerla el cristiano individual. El Espíritu Santo es el que mantiene unido el cuerpo de Cristo y si el cuerpo no se preocupa de mantenerse correctamente unido el Espíritu Santo es el que resulta agraviado.
Como en el matrimonio, todo esto es posible porque el mismo Dios es el punto final de referencia, y así los miembros de la iglesia local no necesitan apoyarse demasiado entre sí. La iglesia tiene que ser lo que puede ser, ya que no hace falta que sea lo que no puede ser. El pastor no debe hacer depender todo de la gente, ni la gente debe hacer depender todo del pastor. Todo debe depender sólo de aquel que es, infinito y personal y que puede cargar con todo perfectamente. Aquí no se trata de hacerla depender todo de doctrinas acerca del Dios infinito y personal, sino de él como persona; porque él está allí y conoce al grupo local por nombre, y a los individuos del grupo por su propio nombre también.
La alternativa no está entre ser perfecto o no ser nada. De la misma manera que la gente deshace el matrimonio porque va buscando lo que es romántica y sexualmente perfecto y en este pobre mundo no dan con ello, así los seres humanos deshacen con frecuencia lo que habría sido posible en la verdadera iglesia o en el verdadero grupo cristiano. No solamente «ellos» no son perfectos; el “yo” tampoco es perfecto. Estando ausente la perfección presente, los cristianos tienen que ayudarse unos a otros para lograr un saneamiento sustancial creciente sobre la base de la obra realizada por Cristo.
Este es nuestro llamamiento. Esta es una parte de nuestra riqueza en Cristo: la realidad de la práctica de la verdadera espiritualidad, de la vida cristiana, en relación con la separación de mis congéneres (incluyendo a los que son mis hermanos y hermanas en Cristo), en la iglesia como un todo y en la congregación local o en otro grupo cristiano. No es algo que se tenga que practicar de una manera descuidada y torpe: debe ser algo bello, observado por los qué están dentro y por los que están fuera. Esto forma parte importante de la predicación del evangelio a la humanidad, que aún está en rebelión contra Dios; pero más que esto, es lo único correcto sobre la base de la existencia del Dios personal y sobre la base de lo que Cristo hizo por nosotros en la historia, sobre la cruz.
Y al llegar a este punto, la verdadera espiritualidad, la vida cristiana, fluye hasta penetrar la totalidad de la cultura.
Etiquetas: Francis Schaeffer, iglesia, Schaeffer
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octubre 29, 2008 a 1:18 pm
Muy buena literatura rolandohh, sobre todo de este autor que no es fácil de conseguir enMéxico. Dios te bendiga, me ha sido de mucha utilidad en mi vida espiritual. Saludos
octubre 31, 2008 a 4:33 pm
Williams:
Los escritos de Francis Schaeffer son más actuales que nunca. Los cristianos hoy necesitamos estudiar mucho.
Te animo a que sigas buscando sus lecturas y profundizando en ellas.
Un afectuoso saludo
Rolando Hinojosa