OCHO PALABRAS QUE RESUMEN EL EVANGELIO (5ª Parte). D. A. Carson

Publicado junio 1, 2012 por rolandohh
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5. El evangelio es histórico. Debemos decir cuatro cosas:

Primero, 1 Corintios 15 especifica tanto la muerte y su resurrección. El sepulcro testifica la muerte de Jesús, ya que (¡Normalmente!) enterramos sólo a los que han muerto, y las apariciones testifican la resurrección de Jesús. La muerte y su resurrección están unidas en la historia: Aquel que fue crucificado es aquel que fue resucitado, el cuerpo que salió de la tumba, como Tomás deseó que fuera demostrado, tuvo las heridas del cuerpo que fue llevado a la tumba. Esta resurrección tomó lugar en el tercer día: esta es una secuencia fechable de la muerte. La cruz y la resurrección están íntimamente unidas. Cualquier aproximación teológica o evangelística, que intente enfrentar la muerte y la resurrección de Jesús una contra la otra, es nada menos que un tonto. Quizás una u otra puedan ser especialmente enfatizadas para combatir alguna negación o una necesidad, pero sacrificar a una en el altar de la otra es distanciarse de la manera en que tanto la cruz y la resurrección están históricamente estrechamente unidas.

Segundo, la manera en la cual tenemos acceso a los eventos históricos de la muerte de Jesús, su sepultura y su resurrección, es exactamente la misma por la cual tenemos acceso a casi cualquier evento histórico: a través del testimonio y restos de aquellos que estuvieron allí, por medio de los testimonios que dejaron. Esto es el por qué Pablo enumera los testigos, menciona que muchos de ellos todavía están vivos en su tiempo de escribir y por lo tanto todavía podrían entrevistarlos, y reconoce la importancia de su confiabilidad. En la misericordia de Dios, esta Biblia es, entre muchas otras cosas, un registro escrito, una escrituración, de aquellos primeros testigos.

Tercero, debemos ver que, a diferencia de otras religiones, el reclamo cristiano central es irreduciblemente histórico. Si de alguna manera— aunque no tengo idea como— podrías probar que Gautama el Buda nunca vivió, ¿destruirías la credibilidad del Budismo? No, por supuesto que no. La plausibilidad y la credibilidad del Budismo dependen de la coherencia interna y el atractivo del Budismo como un sistema con todas sus variaciones. Este no depende ni una pizca de una pretensión histórica. O si de alguna manera— aunque no tengo idea como—podrías probar que el gran dios Krishna nunca existió, ¿Destruirías el Hinduismo? No, por supuesto que no. Los Hindúes tienen millones de dioses. Si Krishna desapareciera de los dioses Hindúes, siempre tendrías en la próxima esquina al dios Shiva en su lugar. Pero supongamos ahora que te acercas a tu amigo musulmán y buscas explorar como el Islam tiene pretensiones históricas. Tú descubrirás que la historia es importante para el Islam, pero no en la misma manera en que ésta es importante para el cristianismo bíblico. Tu podrías preguntarle, “¿Podría Alá haber dado su revelación final a algún otro aparte de Mahoma?” Tal vez el respondería, “Nosotros creemos que Alá dio su más grande y final revelación al profeta Mahoma.” Entonces podrías replicar, “Con todo respeto, Señor, entiendo que eso es lo que el Islam enseña. Pero esa no es mi pregunta. No estoy preguntando si los Musulmanes creen que Dios dio su más grande y final revelación a Mahoma: Por supuesto que tú crees eso. Y lo respeto. Lo que yo estoy preguntando es una pregunta hipotética: ¿Podría Alá haber dado su más grande y final revelación a alguno otro además de Mahoma, es decir, habría el escogido a otro? Tu amigo Musulmán sin lugar a dudas diría: “¡Por supuesto! Alá, sea él bendito, es soberano. Él puede hacer lo que él quiera. ¡La revelación no es Mahoma! La revelación es completamente un regalo de Alá. Alá la podría haber dado a cualquiera que él haya escogido. Pero nosotros creemos este hecho de que Alá se la dio a Mahoma.”

En otras palabras, aunque es importante para los Musulmanes creer y enseñar que la revelación principal de Alá fue dada en la historia, para Mahoma, y que los reclamos históricos del Islam acerca de Mahoma son parte de su defensa para justificar el lugar crucial de Mahoma como el profeta final, no hay nada intrínseco en Mahoma mismo que esté ligado con la visión teológica del Islam. Otra manera de decirlo, un musulmán debe confesar que no hay dios sino Alá, y que Mahoma es su profeta, pero la existencia histórica de Mahoma en sí misma, no determina el entendimiento del Dios de los Musulmanes.

Por supuesto que tu puedes hacerle la misma pregunta a un pastor cristiano: “¿Crees tu que el Dios de la Biblia pudo haber dado su revelación final a alguien más aparte de Jesús de Nazaret?” La pregunta ni siquiera es coherente—porque Jesús es la revelación de Dios, él es la revelación que entró en la historia en la encarnación. Como lo escribe Juan en su primera carta, “Lo que ha sido desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos, esto les anunciamos respecto al Verbo que es vida. Esta vida se manifestó. Nosotros la hemos visto y damos testimonio de ella” (1 Juan 1.1-2). Esta es una revelación histórica. Sin embargo, hay eventos históricos específicos en la vida de Jesús que son esenciales para el entendimiento más elemental del cristianismo—y aquí, en el lugar de honor está la muerte y la resurrección de Jesús.

Cuarto, debemos enfrentar el hecho de que en la discusión contemporánea la palabra “histórica” está algunas veces investida con un número de supuestos resbaladizos. Para algunos que están influenciados por el naturalismo filosófico, la palabra “histórico” puede ser aplicada solo a aquellos eventos que tienen causas y efectos completamente localizados en el tiempo “ordinario” o “natural”- o en el tiempo basado en la corriente secuencia de eventos. Si esto es la definición de “histórico” entonces la resurrección de Jesús no fue histórica, porque tal definición excluye los milagros, las intervenciones espectaculares del poder de Dios. Pero es mucho mejor pensar que “histórico” correctamente se refiere a los eventos que toman lugar dentro de un continuo espacio y tiempo, independientemente de si Dios ha llevado esos eventos por causas ordinarias o por una explosión de poder sobrenatural. Insistimos que en este sentido, la resurrección es histórica: esta toma lugar en la historia, aún si fue causada por el poder espectacular de Dios cuando él levantó a el hombre Jesucristo de la muerte, dándole un cuerpo resucitado que tuvo una genuina continuidad con el cuerpo que fue a la tumba. Esta resurrección del cuerpo pudo ser vista, tocada, manejada; esta pudo comer comida ordinaria. Sin embargo, este es un cuerpo que pudo repentinamente aparecer en un cuarto cerrado, un cuerpo que a Pablo se le dificulta describir, al que finalmente le llama un cuerpo espiritual o un cuerpo celestial (1 Cor. 15.35-44). Y este cuerpo fue levantado de la tumba por el poder espectacular y sobrenatural de Dios—operando en la historia.

En resumen, el evangelio es histórico.

OCHO PALABRAS QUE RESUMEN EL EVANGELIO (4ª Parte). D. A. Carson

Publicado mayo 11, 2012 por rolandohh
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3) El evangelio es bíblico. “Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día según las Escrituras” (15.3-4). Lo que los textos bíblicos de Pablo tiene en mente, él no lo dice. Él pudo haber tenido la clase de cosas que Jesús mismo enseñó, después de su resurrección, cuando “les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.” (Lucas 24.27). Quizá él estaba pensando en textos tales como el Salmo 16 e Isaías 53, usados por Pedro en el día de Pentecostés, o el Salmo 2, usados por Pablo mismo en Antioquía de Pisidia, cuya interpretación depende de una tipología muy profundamente evocadora.

En otra parte en 1 Corintios Pablo alude a Cristo como “nuestra Pascua… sacrificado por nosotros” (5.5)– o quizá él podría haber reaplicado el razonamiento del autor de la carta a los Hebreos, quien de manera elegante traza alguna de las maneras en la cual el Antiguo Testamento, se presente en una malla de la historia de la salvación, anunciando el desuso del viejo pacto y el advenimiento del nuevo pacto, completo en un mejor tabernáculo, un mejor sacerdote, y un mejor sacrificio. Lo que es en cualquier caso impactante es que el apóstol pone el fundamento del evangelio, el tema de primera importancia en las Escrituras—y por supuesto el tiene lo que llamamos el Antiguo Testamento en mente—y después en el testimonio de los apóstoles—y por lo tanto lo que llamamos el Nuevo Testamento. El evangelio es bíblico.

4) Por lo tanto el evangelio es apostólico. Por supuesto, Pablo con alegría insiste que hubieran estado más de quinientos testigos de la resurrección del Señor Jesús. Sin embargo, él repetidamente pone la atención en los apóstoles: “y que se apareció a Cefas, y luego a los doce.” (15.5), “Luego se apareció a Jacobo, más tarde a todos los apóstoles” (15.8), “Admito que yo soy el más insignificante de los apóstoles” (15.9), Lee cuidadosamente la secuencia de pronombres en 15.11: “En fin, ya sea que se trate de o de ellos, esto es lo que predicamos, y esto es lo que ustedes han creído.” (15.11). La secuencia de pronombres, Yo, ellos, nosotros, ustedes, llega a ser una manera poderosa de conectar a los testigos y la enseñanza de los apóstoles con la fe de todos los cristianos posteriores. El evangelio es apostólico.

OCHO PALABRAS QUE RESUMEN EL EVANGELIO (3ª Parte). D. A. Carson

Publicado abril 27, 2012 por rolandohh
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2. El Evangelio es Teológico. Esta es una manera breve de afirmar dos cosas: Primero, como lo dice 1 Corintios 15, Dios levantó a Cristo Jesús de la muerte (5.15). El Nuevo Testamento insiste que Dios envió a su Hijo al mundo, y el Hijo de manera obediente fue a la cruz porque esta fue la voluntad de su Padre. Esto hace que no tenga sentido pensar de la misión del Hijo contra el soberano propósito del Padre. Si el evangelio es centralmente Cristológico, este no es menos centralmente teológico.

Segundo, el texto simplemente no dice que Cristo murió y resucitó otra vez, en lugar de eso, este dice que “Cristo murió por nuestros pecados” y que resucitó otra vez. La cruz y la resurrección no son eventos al desnudo teológicamente, estos son eventos históricos con un peso profundamente teológico. Podemos vislumbrar el poder de esta pretensión solo si nos recordamos a nosotros mismos cómo el pecado y la muerte están relacionados con Dios en las Escrituras. En años recientes se ha hecho popular contar la historia de la Biblia de esta manera: Ya que el hombre cayó en pecado, Dios ha estado activo para invertir los efectos del pecado. Él está en acción para limitar el daño del pecado; él llama a una nueva nación, los Israelitas, para mediar su enseñanza y su gracia a otros; el promete que un día el enviará al prometido Rey de la descendencia de David para derrocar el pecado y la muerte y todos sus terribles efectos. Esto es lo que Jesús hace: él conquista la muerte, inaugura el reino de justicia, y ahora llama a sus seguidores a vivir por esta justicia en perspectiva de la consumación todavía por venir.

Por supuesto, mucha de esta descripción de la historia de la Biblia es verdad. Pero es tan dolorosamente reduccionista que esta introduce una mayor distorsión. Esta colapsa la rebelión humana, la ira de Dios, y los variados desastres en una construcción, a saber, de la degradación de la vida humana, mientras que despersonaliza la ira de Dios. Por lo tanto, ésta falla en luchar con el hecho de que desde el principio, el pecado es una ofensa contra Dios. Dios mismo pronuncia la sentencia de muerte (Gen. 2-3). Esto es apenas sorprendente, ya que Dios es la fuente de toda la vida, de modo que si los portadores de su imagen le escupen en la cara e insisten en ir por su propio camino para llegar a ser sus propios dioses, ellos se separan a si mismos de su Hacedor, de Aquel quien les dio la vida. ¿Qué hay aquí, sino muerte? Sin embargo, cuando nosotros pecamos de alguna manera, Dios mismo es invariablemente la parte más ofendida.

Esto se hizo claro de la experiencia de David. Después de que él pecó por seducir a Betsabé y arreglar la ejecución de su esposo, David es confrontado por el profeta Natán. En profunda contrición, el escribe le Salmo 51. Allí él le dice a Dios, “Contra ti he pecado, sólo contra ti, y he hecho lo que es malo ante tus ojos” (51.4). En un nivel, por supuesto, esto que dice es una tontería. Después de todo, es cierto que David ha pecado contra Betsabé. Él ha pecado horriblemente contra su esposo. Él ha pecado contra el ejército por corromperlo, contra su propia familia, contra el bebé de Betsabé, contra la nación entera, la cual espera de él actuar con integridad. De hecho es difícil pensar que David no haya pecado contra alguno. Y aun así dice, “Contra ti he pecado, sólo contra ti, y he hecho lo que es malo ante tus ojos”. En el sentido más profundo, esto es exactamente cierto. Lo que hace pecado al pecado, lo que lo hace tan vil, lo que le da a este su horrible vileza transcendental, es que este pecado es contra Dios. En todos nuestros pecados, Dios es invariablemente el más ofendido. Este es el por qué debemos tener su perdón, o no tenemos nada. El Dios de la Biblia que describe como resolvió intervenir y salvar es también el Dios que es descrito como el lleno de ira debido a nuestra sostenida idolatría. En tanto que él interviene para salvarnos, el permanece contra nosotros como Juez, un Juez ofendido con un celo terrible.

Tampoco este es sólo un asunto del Antiguo Testamento. Cuando Jesús anunció la inminencia de la llegada del reino, como Juan el Bautista él clamó; «Se ha cumplido el tiempo —decía—. El reino de Dios está cerca. ¡Arrepiéntanse y crean las buenas nuevas!” (Marcos 1.15). El arrepentimiento es necesario, porque la venida del Rey promete juicio así como bendición. El Sermón del Monte, el cual anima a los discípulos a poner la otra mejilla, repetidamente les advierte a huir de la condenación del infierno de fuego. El sermón advierte a sus oyentes no a seguir el camino ancho que lleva a la destrucción y Jesús describe el pronunciamiento del juicio final con las palabras, “Jamás los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!” (7.23). También las parábolas están repletas de advertencias del juicio final, un porcentaje significativo de ellas demuestran las divisiones esenciales de la venida del reino.

Esta relación de temas—Dios, pecado, ira, muerte, juicio—es lo que hace que las simples palabras de 1 Corintios 15.3 sean tan profundamente teológicas como un asunto de primera importancia, “Cristo murió por nuestros pecados.” Algunos textos paralelos saltan a la mente: “Él fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación.” (Rom. 4.25). “Cristo murió por los malvados” (Rom. 5.6). El Señor Jesucristo “dio su vida por nuestros pecados para rescatarnos de este mundo malvado” (Gal. 1.4). “Porque Cristo murió por los pecados una vez por todas, el justo por los injustos, a fin de llevarlos a ustedes a Dios.” (1 Pedro 3.18). O como Pablo lo pone aquí en 1 Corintios 15.1, “Mediante este evangelio son salvos”. Ser salvos de nuestros pecados es ser salvos no solo de su poder esclavizador sino de sus consecuencias—y las consecuencias están profundamente ligadas con la solemne sentencia de Dios, con la santa ira de Dios. Cuando tú ves esto, no puedes dejar de ver que cualquier otra cosa que la cruz alcance, esta debe justamente dejar a un lado la sentencia de Dios, esta debe justamente satisfacer la ira de Dios, o esta no alcanza nada. El evangelio es teológico.


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